sábado, 13 de enero de 2007

Matalas Callando o el infortunio de ser Adan

Mátalas callando,
eso decían, mátalas callando
eso significaba, mátalas callando,
significaba que quizás había que callar para matar
o que
asesinabas no abriendo la boca
o que
sin decir nada,
la nada se convertía en una daga,
mortífero puñal asesino,
asesino de féminas incautas
que solo morían
cuando no podían hablar.


Antes de seguir adelante quisiera disculparme con todos los amantes del idioma puesto que en el título de este primer comentario no se han puesto tildes donde se debería, pero como los blogs están desarrollados para “llanquis“ no permiten poner uno de los signos de identidad de la lengua. Aclarado este punto podemos seguir adelante.

¿Qué significa mátalas callando? la verdad es que ni yo sé que puede ser este juego de palabras, pero supongo que tiene algo que ver con la conquista de un hombre sobre una mujer, aunque no se trata de un juego de seducción que implique de parte del macho ser activo, todo lo contrario, supone ser sutil al menos lo suficiente como para que la fémina en cuestión caiga rendida a los pies del macho.

Aunque supongo que no solo quisiera comentar las posibilidades de conquista de una persona sobre otra, también quisiera comentar lo que significa ser Adán, en un mundo donde las Evas siguen sometidas y atadas a siglos de pensamiento único sobre el poder fálico que domina al mundo.

No renegaría jamás que soy hombre, pero prefiero pensar que somos todos iguales y ya me importa poco que tú seas mujer, hombre o transgénero, lo importante es que seas un ser humano en el sentido literal y figurado.

Por ahora solo esto, solo estos pensamientos dispersos que parecen ser una necesidad de buscar cambiar en algo este mundo extraño que a veces detesto y muchas veces amo, sin embargo me quedo con un pensamiento de una amiga revolucionaria en su tiempo (ve tú a saber cómo está ahora) que un día escribió en una pared, frente a un teatro donde se celebraba un congreso del partido comunista:

“Trabajadores del mundo, quién les lava los calzoncillos“

Hasta otra.

Teo Galioz